cuento Alicia en el pais de las maravillas
Historias para Dormir

Cuento Alicia en el País de las Maravillas [Historias para Dormir]

Érase una vez, una chica que se llamada Alicia. Alicia era una joven de cabellos dorados, curiosa e inquieta, pero también muy segura. Segura, en el sentido de que no le gustaba salir de su zona de confort: a Alicia tan solo le gustaba lo que conocía, así que la vida no le daba grandes sorpresas, tenía una filosofía de vida muy clara: si no te arriesgas, no te expones al peligro.

Por eso, Alicia solía pasar las tardes siempre de la misma manera. Se iba con su hermana a un pequeño bosque que había cerca de su casa. Aunque no se solían adentrar, sobretodo Alicia, allí, ambas leían libros, jugaban y se entretenían.

Disfrutaban de las historias, de las ilustraciones y hablaban sobre las moralejas que aprendían. Su hermana solía disfrutar de las historias con grandes aventuras y decía que ella también quería vivir una vida igual de fascinante, conocer mundo y descubrir nuevos horizontes.

Pero Alicia decía que en todos los finales felices había algo en común: los personajes de la historia habían encontrado un lugar tranquilo y estable, se casaban y dejaban atrás las aventuras, por tanto ella ya estaba en el final del cuento porque se sentía muy feliz con la vida completamente organizada que tenía.

—¿No quieres vivir nunca ninguna aventura, Alicia? ¿Vas a estar toda la vida encerrada en casa? —preguntaba su hermana.

—No voy a estar encerrada en casa, pero no quiero sufrir ni correr muchos riesgos.

—¿Pero por qué?

—¡Porque estoy bien así! Me gusta esta vida, tranquila y sosegada. Sin sorpresas ni misterios. Sé todo lo que va a pasar y no me voy a llevar ningún susto. Siempre voy a estar preparada para lo que pueda ocurrir. Esa es la vida segura que yo quiero.

—No estoy de acuerdo contigo, pero bueno. ¡Yo en cuanto pueda voy a salir a vivir cientos de aventuras, me espera un mundo de posibilidades por descubrir!

Su hermana siguió leyendo bajo la sombra del árbol. Alicia, por su parte, se relajaba y disfrutaba de los rayos del sol acariciando su rostro.

Hacía muy buen día. Observó a su alrededor: el verde de la hierba, el azul del cielo, las nubes blancas y esponjosas como el conejo blanco con chaleco que había frente a ella.

—Espera —dijo Alicia en voz baja—, ¿qué…?

Alicia se frotó los ojos. No estaba soñando: frente a ella, un hermoso conejo blanco miraba de un lado a otro, nervioso. Llevaba un elegante chaleco rojo y un monóculo que tapaba uno de sus dos ojos rojos.

El conejo, que no se dio cuenta de que Alicia le estaba observando (o no le importó), metió una pata en el bolsillo de su chaleco y sacó un enorme reloj de bolsillo. Cuando miró la hora, dio un brinco.

—¡Qué tarde, qué tarde! —dijo el conejo—. ¡Es muy, muy tarde! ¡Ahora sí que no llego!

El conejo se guardó el reloj y huyó del lugar, brincando con sus cuatro patas. Alicia, extrañada, no pudo evitar ir detrás de él. La curiosidad la podía, así que persiguió al conejo blanco. No todos los días se veía un conejo con chaleco, monóculo y reloj de bolsillo.

—¡Llego tarde, llego tarde! —seguía diciendo el conejo.

—¡Espera! —dijo Alicia—. ¡Espera, conejito! ¿Quién eres? ¿Adónde vas? ¿Por qué llegas tarde?

—¡Llego tarde! —seguía diciendo el conejo, sin hacer caso a Alicia.

El conejo continuó brincando por todo el bosque. Alicia lo perseguía; ni siquiera le había dicho a su hermana que había un conejo con chaleco en el bosque. Simplemente, salió corriendo detrás de él. Alicia atravesó el bosque sin apenas darse cuenta, persiguiendo al conejo blanco para saber adónde podía ir un conejo con chaleco y cómo podía llegar tarde.

—¡Espera, señor conejo! ¿Cómo se te puede hacer tarde?

—¿Lo ves? ¿Lo ves? ¡Ya son más de las tres! —dijo el conejo, mirando a Alicia y señalando su reloj—. ¡Me voy, me voy, me voy!

—¿Adónde podría ir un conejo con tanta prisa? —pensó Alicia en voz alta—. ¡Espera, señor conejo!

—¡No, no, no puedo esperar! ¡Ya llego tarde! —dijo, y justo llegó a la entrada de una enorme madriguera. Se giró una última vez para despedirse de Alicia—. ¡Adiós, adiós! —Y el conejo se adentró en la madriguera y desapareció.

Alicia llegó a la puerta de la madriguera. Se asomó un poco: era una enorme madriguera de conejo. Demasiado grande, en realidad. Era tan grande que ella cabía, podía entrar perfectamente y no le habría costado nada.

Alicia observó la madriguera, pero no podía ver nada de su interior porque estaba muy, muy oscuro. Nunca había visto un lugar tan oscuro como aquel, y eso que afuera hacia mucho sol. Metió un poco la cabeza, aunque no demasiado, pero no pudo ver ni oír nada; era como si el conejo blanco se hubiese esfumado dentro de esa enorme madriguera.

Pensando que había perdido la oportunidad de saber adónde iba el conejo y por qué llegaba tarde, la muchacha se encogió de hombros y se levantó. No iba a meterse en la madriguera de un conejo; ¡qué idea más absurda! Así que se limpió su vestido azul de briznas de hierbas y se dispuso a volver por donde había venido.

Cuando Alicia se adentró de nuevo en el bosque, se quedó confusa. Había prestado tanta atención al conejo durante su persecución que no había prestado atención al camino y ahora no sabía cómo volver con su hermana. El bosque no era peligroso ni amenazante; se trataba de un hermoso bosque, verde y lleno de flores, con un sol que se asomaba brillante entre las hojas.

Se escuchaba el cantar de los pájaros, el fluir del agua del río y las patitas de las ardillas escalando árboles. Una visión preciosa que Alicia nunca había visto antes.

—Vaya, nunca me había fijado en esta parte del bosque —dijo la muchacha, en voz alta, hablando consigo misma—. ¡Qué lugar tan bonito!

Alicia intentó deducir por dónde podría llegar adonde estaba su hermana. No sabía si ella se habría dado cuenta de que Alicia ya no estaba, porque su hermana se enfrascaba mucho en sus historias cuando leía libros y cuentos. Era una persona muy despistada. Alicia sacó su propio reloj del bolsillo de su vestido y vio que eran las tres y cuarto.

—¡Vaya, ahora voy ya ser yo la que llegue tarde! ¡A las tres y media teníamos que volver a casa y no sé dónde estoy!

Apresurada, Alicia comenzó a caminar por un camino al azar. El bosque se extendía hacia donde la vista alcanzaba y no parecía tener fin. Como no sabía qué hacer, Alicia llamó a su hermana, pero nadie contestó.

Mientras la llamaba sin cesar, seguía caminando. Se topó con un pequeño río que no recordaba haber atravesado, pero no encontraba otro camino. No quería mojarse el vestido, así que buscó la forma de cruzar.

Unas piedras que había en el riachuelo la recordaron a esas historias de aventuras que le contaba su hermana, donde los aventureros tenían que atravesar ríos bravos pasando a través de las piedras si querían sobrevivir y continuar con su aventura. Así que a Alicia no le quedó más remedio que hacer lo mismo.

Alicia puso un pie detrás de otro, con cuidado. Le costaba mantener el equilibrio cada vez que pisaba una de las piedras. ¡Y eran cinco! No sabía cómo podía repetir el mismo paso cinco veces sin caerse.

—¡Si me viera mi hermana! —decía.

La muchacha siguió avanzando, sin prisa, pero sin pausa. Algunos insectos se acercaron a ella y casi la hacen perder el equilibrio y caer, pero Alicia supo cómo espantarlos ágilmente para que no la molestaran más y pudo atravesar el río.

Alicia siguió caminando, buscando la salida del bosque, empezaba a ponerse nerviosa, pues aquella situación estaba empezando a escaparse de su control.

A lo lejos, la luz del sol le hizo ver algo brillante cerca de un árbol, así que se acercó a mirar; era una llave atada a un sobre. El sobre estaba sucio y arrugado, como si llevase mucho tiempo esperando a que alguien lo encontrara. Alicia, extrañada, abrió el sobre y leyó la nota que había en su interior: era una nota corta que decía que había un tesoro escondido en el bosque.

Dentro del sobre también había un mapa dibujado de forma torpe, con algunas pistas para que, quien encontrase el mapa, pudiese también encontrar el tesoro. Con la llave, podría abrir el cofre que descansaba enterrado en algún lugar del bosque.

—¡Qué te parece! —dijo Alicia—. ¡Resulta que hay un tesoro enterrado en este bosque!

Alicia observó el mapa y buscó la primera pista cerca de ella. Pudo localizarla en seguida, y se pensó seguir el mapa durante un instante, pero al final rechazó la idea.

—Seguiré buscando la salida y le daré este mapa a mi hermana —dijo—. ¡Seguro que ella disfruta más que yo buscando el tesoro!

—¡Bueno, bueno, ya basta! —dijo una voz en la distancia. Alicia se sobresaltó.

—¿Quién habla? ¿Quién anda ahí?

—¡Soy yo, soy yo! —dijo la voz y, entre los árboles, apareció el conejo blanco.

—¡El conejo! —dijo Alicia—. ¿Qué haces aquí? ¿No llegabas tarde a…, adonde quiera que fueras?

—¿Por qué no me has seguido?

—¿Perdón?

—¿Por qué no me has seguido? —repitió el conejo.

—¡Si te he seguido!

—¡Te he llevado hasta mi madriguera y he entrado yo solo!

—¡No iba a entrar en la madriguera de un conejo!

—¡Si cabías de sobra!

—¡Pero no iba a entrar en la madriguera de un conejo!

—¿Y por qué no? —preguntó el conejo blanco.

—¿Y por qué iba a hacerlo? —contestó Alicia con otra pregunta.

—¿Qué por qué…? ¿No tienes curiosidad por saber lo que hay ahí?

—Puede, pero no sé lo que me voy a encontrar. Así que prefiero asegurarme y no meterme en una madriguera sucia y oscura. De hecho, ¡mira lo que me ha ocurrido por perseguirte! ¡Ahora estoy perdida en mitad del bosque!

 

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